Por Sergio García
En momentos de conflictos armados que dominan las noticias internacionales, es conveniente preguntarnos si estas guerras son justas, y cómo podemos tener un criterio para opinar.
Por ello, amigo lector, lectora, nos hemos dado a la tarea de recopilar estos datos, y redactar este artículo, usando diversas fuentes, y nuestro propio conocimiento, claro, para que tengas una fuente segura para usarlo como parámetro.
¿Es justa esta guerra de Estados Unidos con Irán? ¿Es justo lo que ocurrió en Venezuela? ¿Es justa la guerra en Ucrania? ¿Puede un país bombardear a otro sólo porque no le gusta su gobernante o su sistema de Gobierno?. Son preguntas muy actuales con respuestas muy antiguas.
Entre los pensadores que más influyeron en esta doctrina se encuentra Santo Tomás de Aquino, quien, partiendo de San Agustín, sistematizó con claridad cuándo una guerra puede considerarse moralmente aceptable y cómo debe conducirse.
Hay que recordar que San Agustín de Hipona nació en Tagaste, Argelia, en el año 354 y es considerado uno de los grandes filósofos y además Patriarca de la Iglesia Católica. Fue uno de los hombres más sabios de su tiempo.
Santo Tomás de Aquino, nació en Italia en 1224 y estuvo en el Monasterio de Montecasino, y en las universidades de su país aprendió de Aristóteles a partir de traducciones árabes, tomando su filosofía y pereccionándola. Santo Tomás es patriarca y doctor de la Iglesia y dejó una abundante obra de teología y filosofía. La Summa Teológica, de varios tomos, es su obra más famosa.
Autoridad legítima: la espada en manos del poder público
Para Santo Tomás, la primera condición es que la guerra sea emprendida por una autoridad legítima. No cualquier grupo, rebelión o facción privada puede declarar la guerra; corresponde al gobernante o al poder político encargado del bien común ejercer la fuerza armada cuando sea necesario.
Esta idea parte de la premisa de que el poder de la espada está ordenado a la paz y a la protección de la comunidad, no a aventuras personales o intereses particulares.
Causa justa: más allá de la venganza
La segunda condición es la causa justa. Según Tomás, la guerra sólo puede justificarse si responde a una injusticia manifiesta, como una agresión previa, la usurpación de tierras o bienes, o la necesidad de castigar a un pueblo que tolera abusos sin remediarlos.
No basta con que un daño haya sido sufrido: el motivo debe ser reparar la injusticia, no simplemente saciar el resentimiento o buscar la expansión territorial por ambición.
Intención recta: buscar la paz, no el poder
La tercera condición es la intención recta. El gobernante que decide la guerra debe tener como fin último la paz, la justicia y la restauración del orden moral, no la venganza, la codicia o el lucro.
Tomás insiste en que la motivación debe ser ordenada a la caridad y al bien común; si la guerra se libra por odios, dominación o intereses económicos, pierde su carácter de “justa”, aunque formalmente se cumplan los otros criterios.
Cómo se debe librar una guerra justa
Además de preguntarse si la guerra es justa en su origen (jus ad bellum), Santo Tomás subraya que también debe serlo en su desarrollo (jus in bello). Aquí reaparecen dos criterios clave:
- Proporcionalidad: la fuerza empleada debe corresponderse con el daño sufrido y con el objetivo buscado, sin causar sufrimientos desmedidos ni destrucciones innecesarias al pueblo o país que pretenden ayudar o castigar, según sea el caso.
- Discriminación: no se debe atacar directamente a personas que no participan en las hostilidades, como civiles, inocentes o no combatientes, aunque pueda haber daños colaterales si son inevitables y proporcionados.
Una doctrina que sigue vigente
La doctrina de la guerra justa de Santo Tomás no es solo un relicario histórico: sigue estando presente en debates actuales sobre intervenciones militares, sanciones, defensa colectiva y límites éticos de la guerra moderna.
Santo Tomás de Aquino es el filósofo más grande de la historia, y no por nada el maestro Oswaldo Robles lo llamaba “el único sol sin ocaso en la historia de la filosofía”. Un gran elogio sin duda, para alguien que lo merecía.
En un mundo donde la fuerza de las armas se usan con frecuencia, la pregunta que Tomás plantea hoy suena tan pertinente como en su tiempo: no solo “¿somos lo suficientemente fuertes?”, sino “¿es legítimo, justo y ordenado al bien común lo que estamos haciendo?”.
En esencia, la “guerra justa” según Santo Tomás se sostiene sobre tres pilares: autoridad legítima, causa justa e intención recta; y, una vez declarada, se mide por la proporcionalidad y la distinción entre quienes combaten y quienes no.

LA GUERRA JUSTA
Como ya hemos visto, la agresión no tiene ninguna justificación moral; pero la legítima defensa, sí. Incluso es posible considerar que un Estado agredido, no solo tiene el derecho a defenderse, sino la obligación de hacerlo, incluso con la fuerza de las armas, guardando, los tradicionales límites de la necesidad y de la proporcionalidad.
La Doctrina Social de la Iglesia Católica lo explicita con mucha claridad y precisión, enumerando las condiciones que se deben cumplir, de manera rigurosa y simultánea, para que sea lícito el uso de la fuerza. Es lo que se conoce como “guerra justa”:
- Que el daño causado por el agresor a la Nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto;
- Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces;
- Que se reúnan las condiciones serias de éxito;
- Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar.
En este punto es importante resaltar que las guerras son injustas cuando causan un mayor daño que el que pretenden resolver. Ejemplo: Derrocar a Hussein costó un millón de muertos, entre ellos 600 mil niños.
Derrocar a Maduro fue algo rápido, y quirúrgico. Aunque esto sólo es un parámetro, sirve para ilustrar de lo que estamos hablando.
La guerra en Ucrania ya rebasó también este lineamiento. No es posible seguir con esa cantidad de muertes y de gastos. No es una guerra justa.
La guerra en Gaza, los ataques iniciales de Hamas a colonos israelitas, así como los ataques a civiles palestinos por Israel, son cosa totalmente injusta a la luz de estas reglas, que forman parte de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, pero además son principios universales. No es asunto de religión, sino de HUMANIDAD.
Estados Unidos comenzó su guerra ayer con casi cien niños muertos en dos escuelas primarias. Eso ya lo hace injusta. Para Estados Unidos las personas ni siquiera cuentan en sus estadísticas. Solamente los logros o pérdidas materiales. Lo mismo ocurre en Ucrania. El pretexto de la desnazificación lleva ya varios millones de muertos… SON GUERRAS INJUSTAS.
Como puede apreciarse, el uso de la fuerza es el último e irremediable recurso para retornar al orden quebrantado por el agresor. Queda claro, además, que la potencia bélica de una nación no justifica su uso y, además, que este uso no puede ser una decisión subjetiva y unilateral sino objetiva y consensuada por la comunidad internacional a través de los mecanismos que ésta provee para autorizar la fuerza en los límites de la soberanía de un Estado vulnerado.
La Doctrina Social de la Iglesia se ha formado a lo largo de los siglos y han servido para ayudar a las naciones a dirimir estos temas y se han resuelto conflictos sociales o políticos en temas de los más variados.
Por ejemplo, y aunque no se trata de guerras, en los últimos siglos la cuestión social fue atendida por grandes Papas como León XIII, Pío IX, San Pío X o Pío XII a través de encíclicas y documentos como Rerum Novárum, Quadragésimo Anno, Mater et Magistra y otros más.

